Diseñar para vender vs. diseñar para vivir
- Paola Tejeda

- 2 days ago
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La arquitectura muchas veces comienza desde una intención. Una idea de lo que hace atractivo, eficiente o comercializable a un proyecto. Sin embargo, esa visión inicial no siempre coincide con la forma en la que las personas realmente habitan los espacios.
A lo largo de distintos proyectos, he tenido la oportunidad de trabajar con perfiles de usuario muy diversos. Desde desarrollos de alto nivel, con espacios amplios y programas más completos, hasta proyectos de mayor densidad o vivienda más accesible, donde cada metro cuadrado se vuelve fundamental. Ese contraste deja algo claro: el diseño nunca es neutral. Cambia según a quién va dirigido.
En muchos casos, los proyectos se construyen a partir de lo que se espera que funcione en el mercado. Pero lo que vende no siempre es lo que mejor funciona en el día a día. La forma en la que las personas se mueven, priorizan y usan los espacios suele revelar una realidad distinta a la que se imaginó en un inicio.
Es ahí donde el rol del diseñador se vuelve más consciente.
No se trata solo de definir una distribución o crear un espacio atractivo, sino de entender al usuario más allá de suposiciones. Cómo vive, qué valora, qué necesita realmente y qué no.
Trabajar en proyectos de distintas escalas y contextos socioeconómicos ha reforzado esta idea. En desarrollos como Piamont, donde los espacios son más amplios y los programas más completos, el diseño responde a un estilo de vida muy específico. En cambio, en proyectos más compactos o de mayor densidad, las decisiones se vuelven mucho más estratégicas. Cada elemento debe justificar su lugar y cada espacio debe funcionar.

Estas experiencias hacen evidente algo importante: no existe una solución universal en arquitectura. Lo que aporta valor en un proyecto puede no tener sentido en otro. Espacios que en teoría suman, en la práctica pueden no utilizarse de la misma manera si no están alineados con el usuario.
Diseñar bien no es repetir fórmulas. Es detenerse a entender para quién se está diseñando y permitir que eso guíe cada decisión.
Porque al final, un proyecto funciona mejor cuando el diseño responde al usuario real, no solo a una expectativa de mercado.




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